Leyenda



Las 219.707 hectáreas que tiene el parque nacional Llanganates siempre están cubiertas por un velo de misterio que se remonta a la época de la Conquista española en América.

Así es el lugar. Un sitio inhóspito para el ser humano pero lleno de historia y con una gran biodiversidad, cuya mayoría de animales está en peligro de extinción.

Juan Chicaiza, de 73 años y morador de la parroquia San José de Poaló, aún recuerda la historia del tesoro escondido de Atahualpa.

“Mi bisabuelo siempre nos contaba cuando el general Rumiñahui decidió ir a los Llanganates a esconder el oro. Nadie sabe dónde está, nadie”, manifestó.

La historia nace en la Conquista española. En 1532, cuando Atahualpa es secuestrado en Cajamarca, él ofreció pagar un cuarto lleno de oro para recuperar su libertad.

El encargado de recopilar el metal fue Rumiñahui, quien pagó parte del rescate y al enterarse de la muerte del caudillo inca, escondió el resto.

Chicaiza no recuerda esos detalles de la historia, solo lo que su bisabuelo le contó.

“Nos dijo que los indígenas, en esa época, desviaron el río Milín para aprovechar las aguas y sembrar. Cuando Rumiñahui llegó con el oro, ocultó a las mujeres en las casas y destruyó la represa para inundar el camino y así evitar que los españoles cruzaran”, dijo.

Luego emprendió el camino hacia los Llanganates para esconder el oro.

Los moradores de San José de Poaló aseguraron que la cumbre más alta tiene 4.571 metros sobre el nivel del mar (msnm), donde existe un cráter que está lleno de agua y es allí donde está el tesoro.

La cordillera era una de las vías de comunicación y comercio más antiguas y estratégicas que existieron entre las hoyas interandinas y la Amazonia, como lo demuestran los hallazgos arqueológicos.

El nombre Llanganates proviene de la voz quichua llanganati o cerro hermoso. Los antiguos habitantes la bautizaron así por la apariencia de las cumbres cuando el sol de la tarde las ilumina.

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